La atención como recurso no renovable
Una decisión de diseño tomada por una sola persona en unas pocas horas en 2006 afecta hoy a cómo piensan miles de millones de personas. Un recorrido por la genealogía de la notificación push, el scroll infinito y lo que la investigación sobre atención sostenida lleva dos décadas documentando.
Hay una decisión de diseño que tomó una sola persona en unas pocas horas en 2006 y que hoy afecta a cómo piensan varios miles de millones de seres humanos. Aza Raskin, diseñador en Humanized, eliminó la paginación de los feeds de contenido y la sustituyó por un desplazamiento continuo sin fondo visible. Lo llamó infinite scroll. Su intención era mejorar la experiencia de usuario: eliminar la fricción de tener que pulsar un botón para ver más contenido. Lo que no anticipó —o lo que el modelo de negocio de quienes lo adoptaron no tenía incentivos para anticipar— es que esa fricción no era un defecto de diseño. Era un mecanismo de regulación. El botón de siguiente página era una señal de parada: un momento en el que el usuario podía preguntarse conscientemente si quería continuar. Eliminarlo no simplificó la experiencia; transfirió el control de la decisión desde el usuario hacia la plataforma. Raskin lo describió él mismo años después con una precisión que no admite eufemismos: era como espolvorear cocaína conductual sobre la interfaz.
La notificación push tiene una genealogía similar. Research In Motion la introdujo en los primeros años del siglo XXI como herramienta de productividad para ejecutivos con BlackBerry: el correo llegaba al instante, sin necesidad de ir a buscarlo. Era una solución a un problema real. Lo que nadie diseñó explícitamente —pero que el mercado seleccionó con eficiencia darwiniana— fue su extensión a todo tipo de contenido y su optimización para la respuesta emocional inmediata. Una notificación que informa de un correo de trabajo y una notificación que informa de que alguien ha reaccionado a tu foto con un corazón son técnicamente el mismo mecanismo. Sus efectos sobre la atención son idénticos.
Y el efecto sobre la atención es medible. Gloria Mark, investigadora de la Universidad de California en Irvine, lleva dos décadas siguiendo a trabajadores del conocimiento con métodos de observación directa. Sus datos son incómodos: después de una interrupción, el tiempo medio de recuperación del foco equivalente al que existía antes es de veintitrés minutos y quince segundos. No el tiempo que dura la interrupción en sí —que puede ser de segundos—, sino el tiempo que tarda el cerebro en reconstruir el estado cognitivo que tenía antes de ser interrumpido. Sophie Leroy, de la Universidad de Washington, nombró el mecanismo subyacente en 2009: attention residue, la persistencia de actividad cognitiva sobre la tarea interrumpida incluso después de haber vuelto nominalmente a trabajar. El mismo trabajo de Mark muestra que en 2004 el tiempo medio de atención sostenida sobre una pantalla antes de cambiar era de dos minutos y medio. En sus mediciones más recientes, con cinco estudios independientes como respaldo, la cifra es de cuarenta y siete segundos.
Lo que convierte todo esto en algo más que una queja sobre la modernidad es la pregunta sobre quién tomó las decisiones que produjeron este resultado. La respuesta es que nadie lo decidió en ese sentido exacto. Aza Raskin no se propuso fragmentar la atención de nadie; se propuso eliminar una fricción en la interfaz. Los ingenieros que diseñaron los sistemas de notificación push no se propusieron colonizar el tiempo de concentración de sus usuarios; se propusieron maximizar el tiempo que estos pasaban en la plataforma. El problema es que retención y atención sostenida son recursos que compiten, y los incentivos del mercado favorecen sistemáticamente la primera sobre la segunda. Una plataforma no se financia por la calidad del pensamiento que sus usuarios producen después de usarla; se financia por el tiempo que pasan en ella. Esos dos objetivos no son incompatibles en abstracto, pero en la práctica la optimización de uno tiende a erosionar el otro.
Lo que queda después de este recorrido no es una conclusión sobre si usar o no el móvil, que es una pregunta demasiado simple para un problema con esta estructura. Es algo más específico: la configuración por defecto de las herramientas digitales no es neutral. Fue diseñada con objetivos que no necesariamente coinciden con los del usuario, por personas que actuaban de buena fe dentro de sistemas de incentivos que apuntaban en otra dirección. Conocer eso no cambia el problema, pero cambia la naturaleza de la decisión. Dejar las notificaciones activadas no es lo mismo que dejar las notificaciones activadas sabiendo lo que implica.
Carlos Pérez López
Abogado Corporativo & Divulgador
Notas y reflexiones sobre derecho corporativo, tecnología, automatización y divulgación científica. Sin prisa, sin fines comerciales.